La emisión de la voz no
es solo una cuestión de cuerdas vocales, sino de la implicación de todo el
cuerpo. Es cierto que de unas partes más que de otras, como por ejemplo la caja
torácica, el diafragma, la laringe, la faringe, la lengua, los dientes, los
labios y las propias cuerdas vocales. Sin embargo otras partes de nuestro
cuerpo, aunque de manera indirecta, también están implicadas en la emisión de
sonidos, como el suelo pélvico, los músculos del cuello, la musculatura de la
espalda alta.
Por otro lado la
tensión que se acumula en las diferentes cadenas musculares, derivada del
estrés o emociones retroflectadas,
pueden modificar o dificultar la emisión de un sonido más auténtico, coherente
con las circunstancias que se experiencían a cada instante en contacto con el mundo.
Nuestra voz hablada
también posee aspectos no verbales (gruñidos, soplidos, gritos, el timbre, el
tono…) que darán información de quien emite el discurso. La voz es algo así
como una huella digital intransferible. Cada individuo posee su órgano fonador
y éste llegará a ser el reflejo de las vivencias instauradas en su cuerpo y que
de una u otra forma han ido configurando la coraza que da forma su carácter.
La voz en la terapia
Gestalt, como elemento a explorar y expresivo del self, se basa en el enfoque
fenomenológico, que anima al terapeuta a “fijarse” en cómo el cliente se
expresa, en dónde pone el énfasis cuando habla, cuándo le tiembla la voz, dónde
se entrecortan las frases. De esta manera, a modo de radiografía, la voz en el
aquí y ahora, nos aproxima a la realidad del cliente en el instante presente,
dándonos la oportunidad de desgranar todo lo que está implicado en la discurso
del individuo (un gesto, una postura corporal, una mirada) y de esta forma
explorándo junto con el cliente para que sea consciente de lo que le acontece. Pongamos
de ejemplo el temblor en la voz de un paciente cuando habla de una antigua
novia. Al hacerlo consciente de esto, el temblor se convierte en un discurso
que va aumentado de intensidad hasta
llegar ser un tono que transmitiría la rabia reprimida.
La voz como proceso
fenomenológico es totalmente imprevisible, no sabemos cómo va a sonar hasta que
la emitimos y en esto tiene mucho que ver la frontera/contacto con el otro.
Desde una mirada gestaltica, estamos en constante cambio a causa de nuestro
contacto con el campo, ese espacio
donde estamos con el mundo, y que nos permite producir sonidos desde una
autoregulación organísmica con lo que nos rodea. Por tanto concluimos que no
podemos acceder a la experiencia con la voz de manera aislada con lo presente.
La voz es nuestra
autoimagen. En ella los patrones de personalidad se ven reflejados y mapeados
desde la más tierna infancia; influenciados por nuestro entorno más inmediato
como pudieron ser nuestros padres, nuestro entorno social y cultural, hasta
llegar a la vida adulta con la coraza agarrada al cuerpo tal como lo haría una
segunda piel. Ser consciente de nuestra voz, de cómo es sistemáticamente aguda,
chillona, aterciopelada o la llegamos a modular a nuestra conveniencia, cuando
neuróticamente emergen nuestros mecanismos de defensa, nos permitirá enriquecer
nuestro registro vocal, al mismo tiempo que liberamos la energía encapsulada en
tal o cual parte del cuerpo. Ya que la voz
nos ofrece un relato acústico de cómo está el cuerpo en el aquí y ahora.
Nos hace audibles aspectos del cuerpo que
no suelen sernos visibles.


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